sábado, 7 de abril de 2018

Soberbia


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Obdulio es un economista brillante, el que más. Por eso, sin conocerlo a fondo, muchos lo consideran la persona más inteligente del mundo por aplicar su mente privilegiada al estudio del dinero. Sin duda estas gentes parten de una perspectiva egoísta, en la que prima el beneficio propio a costa de lo que sea. Y no es este el caso de Obdulio. De hecho, Obdulio además de inteligente es desprendido. Acaso estas son sus únicas virtudes. Obdulio estudió la generación y el reparto de la riqueza, y finalmente creó una sencilla ecuación, con la que se hace inevitable el crecimiento económico y el desarrollo de sociedades felices.

Es entendible, claro, que le hayan concedido el premio Nobel de Economía y el de la Paz. Prácticamente todas las capitales le han dedicado una calle o un monumento. El mundo nada en la abundancia y se pueden permitir eso y mucho más, pero la ecuación de Obdulio no permite los dispendios. Y no sólo las instituciones reconocen su talento, sino que a cualquiera que se le pregunte por Obdulio se deshará en elogios hacia él. Todos están agradecidos.

Sin embargo, como decíamos antes, Obdulio es inteligente y desprendido, pero también destaca por su altanería y estas atenciones le saben a poco. Tampoco tiene en estima a los que se las hacen, a quienes considera incapaces de sacarse las castañas del fuego. Ambos pensamientos se retroalimentan y lo disgustan tanto que en su mente va tomando forma la idea de retocar su famosa ecuación: igualmente efectiva en lo económico, pero con un toque de servilismo hacia él. Es consciente de que no es posible. Su ecuación es perfecta y sus mejoras sociales son imparables.

Es un día cualquiera de primavera en el que el sol brilla y calienta sin abrasar. Los pajarillos se posan en los árboles de las aceras y cantan para Obdulio, que camina malhumorado, y para todo el mundo. Alguien lo reconoce, lo saluda y le da las gracias. Antes de que pueda seguir, Obdulio lo detiene, le hace una llave de yudo y lo inmoviliza en el suelo. “¿Sólo me das las gracias? Me debes mucho más que eso”. El vecino está dolorido, pero sobre todo desconcertado. Apenas puede hablar, pero aún así consigue decir unas palabras: “Lo siento”.

Con ese arrebato salvaje Obdulio ha traicionado a su ecuación.

Las ecuaciones, al ser inmateriales, no se rompen, pero las que son sensibles al bienestar son tan frágiles que no soportan que su autor les dé la espalda…y sufren un ataque de aleatoriedad. Justo en ese momento, los pájaros guardaron silencio un par de segundos, algo imperceptible.

Obdulio aflojó su agarre sobre el hombre y éste se libró de la opresión, le dio un puñetazo en el estómago y escapó. Obdulio quedó doblado por el dolor y con el orgullo por los suelos. Sabía que había estropeado la ecuación y que la aleatoriedad le había devuelto su traición.

Se encerró en casa a ver cómo el mundo se iba al traste, pero eso no pasó. La aleatoriedad simplemente hizo que las calles con su nombre lo cambiaran por otro, sus estatuas se cayeran y el agradecimiento general fuera poco más que una anécdota. Todos felices y con Obdulio en las penumbras del olvido.


sábado, 10 de marzo de 2018

Envidia: Nidia, la manzana podrida


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Érase una vez dos manzanas que colgaban en la punta de una rama. Ambas sanas y fuertes. Llamaremos a una Nidia y a la otra Nicolasa y, a pesar de su aspecto, muy similar, las distinguiremos fácilmente, incluso en un primer vistazo, porque Nidia ha caído al suelo y Nicolasa se mantiene en la rama.

Antes amigas cercanas, Nidia y Nicolasa, ahora están más distantes. Nidia debe mirar hacia lo alto para ver a Nicolasa. Nicolasa en cambio mira hacia abajo cuando saluda y sonríe a Nidia. Las dos saben que han nacido en la misma rama y soportado los mismos vientos y pájaros, y que sólo el azar ha hecho caer a Nidia, sin embargo, en el corazón de Nidia sus pepitas se retuercen al contemplar a Nicolasa. Tan en lo alto y sonriente. Recibiendo más sol y siendo acariciada por la brisa. Ojalá se caiga.

Nicolasa se mantiene en el árbol. Sigue saludando a Nidia allá abajo, a pesar de que nota que Nidia no le corresponde. Sus nuevas amigas están más alejadas de lo que antes estaba Nidia, pero más cerca de lo que ahora la separa de ella. Además, saludan y son agradables. Nidia por su parte, contempla cómo Nicolasa tiene nuevas amistades y cómo aguanta en la rama.

Incluso cuando finaliza la época de las manzanas, Nicolasa resiste. Es la última. Y mientras Nicolasa la saluda, Nidia desea que caiga, junto con el árbol.


sábado, 3 de marzo de 2018

Manfredo, el avaro


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A Manfredo le gustaría vivir en el edificio más alto de su pueblo y no es así. Vive en un primer piso. Es obligado decir que, en su pueblo, Poblestrela, la casa más alta tiene dos pisos y que apenas la torre de la iglesia la supera en altura. Aún así, por desquite, Manfredo se cuela todas las noches en la iglesia y sube al campanario. Dedica unos escasos segundos a disfrutar del Poblestrela dormido, iluminado tenuemente por el alumbrado público o la luna. Pasados los segundos de contemplación, Manfredo echa mano de su carpeta llena de folios y de su bolígrafo, dirige la mirada al cielo y comienza a contar estrellas. A cada una le da un nombre que consiste en una eme mayúscula, de Manfredo, un guion, y un número de serie. Cuando el cansancio le vence, regresa a casa y archiva las hojas del día con las demás. Tiene la casa llena de folios, ordenadísimos todos. Llenos de nombres de estrellas.

Hace tiempo que Poblestrela sabe de las actividades nocturnas de Manfredo. Lo achacan a su carácter esquivo e inofensivo. Tienen tan asumido que Manfredo se cuela todas las noches en la iglesia que nadie se da cuenta cuando deja de acudir.

Las habladurías de que algo raro trama Manfredo comienzan cuando alquila un bajo comercial en la plaza mayor. Continúan cuando lo acondiciona y se convierten en un mar embravecido en cuanto coloca el cartel del negocio: Venta de estrellas.

Hay muchas risas en Poblestrela y muchas visitas a la tienda de Manfredo. Sobre todo, para contarlo después. Alguna venta resulta de los que quieren darle así limosna y hacer un regalo original. Manfredo asegura además que con la compra de la estrella se adquiere el derecho de ponerle nombre. Como quien tiene una mascota y le da nombre.

Cuando cae la curiosidad por el negocio de venta de estrellas, peligra el medio de vida de Manfredo, pero está tranquilo. Hasta el momento sólo los compradores se habían percatado de que las estrellas que compraban desparecían del cielo nocturno. Ya se lo había advertido Manfredo en el momento de la compra: “La estrella ahora es tuya, de nadie más”. Y con esto en mente, sintiendo suyas las estrellas no vendidas, Manfredo coloca un cartel en el escaparate: Liquidación de existencias.

Con este cartel no pretendía anunciar una rebaja en el precio sino anunciar que haría desaparecer las estrellas no vendidas, y, por bloques las va retirando de la venta y del cielo.

Manfredo sigue vendiendo poco y sigue borrando estrellas, mientras espera a que alguna institución astronómica lo llame. Tardan en dar con él, pero finalmente lo hacen. Para ese momento en el cielo sólo había la mitad de estrellas de las que debería haber. El instituto astronómico internacional accede al pago millonario por el rescate de las estrellas y a construirle un edificio de tres pisos. Así será el hombre más rico del mundo y el que vive en la casa más alta de Poblestrela.

Manfredo es feliz con su nueva casa y sus miles de millones. En el instituto astronómico internacional también son felices. Tienen a las estrellas de vuelta y si sus previsiones se cumplen, un diminuto meteorito caerá en la casa de Manfredo.

jueves, 15 de febrero de 2018

Ira

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Paralelas a esta discurren otras realidades alternativas a la nuestra. Esta es una historia de una realidad paralela, ambientada en la Viena de 1910 y protagonizada por Leoncia.

Leoncia era rubia y fornida. De melena y carácter revueltos. Pronta al rugido y a la ternura. Encauzaba estos vaivenes apasionados mediante óleos y pinceles: era pintora, paisajista. Trabajaba en su casa o a domicilio, según el deseo del comprador.

Fue en una de esas sesiones en las que, pintando en un salón ajeno, oyó, procedentes desde la sala contigua, unos gritos lastimeros de naturaleza poco humana, poco animal. La puerta estaba entreabierta y se asomó disimuladamente. Como se asoman las leonas en los salones contiguos. Sobre un caballete había un lienzo, y sobre un taburete, el pincel y la paleta de colores. Al fondo, una puerta abierta.

Se acercó al lienzo. Se trataba de un bonito paisaje boscoso, con un castillo como elemento principal. Los trazos estaban retorcidos, a disgusto. Juraría que los oía quejarse. Iba a aproximar su oído a la pintura cuando oyó unos pasos a punto de entrar.

Era un joven delgado, de mediana estatura. Moreno y con bigote. Traía un trapo con el que se limpiaba las manos.

−Eres A. Hitler, supongo− dijo Leoncia, saludando y señalando con la barbilla hacia la firma del cuadro.

−Sí, ese soy yo. La “A” es de Adolf− respondió el pintor− ¿Cuál es tu nombre?

−Me llamo Leoncia. Soy pintora también. Estaba en la habitación de al lado, pintando, hasta que me ha dado por asomarme a esta.

La conversación continuó entre formalidades y derroteros que sólo interesan a los artistas. De hecho, mientras el “yo artístico” de Leoncia hablaba con Hitler, su parte detectivesca se cuestionaba por la naturaleza de esos gritos provenientes de la pintura. Fue amable con el pintor. Cauta también, pues intuía que no debía preguntar por la naturaleza de esos quejidos. Aún así, fingiendo admiración por los colores del cuadro le preguntó en qué tienda podría adquirirlos.

Le respondió que en la tienda de un judío. Enumeró además todos los motivos que imaginó para no comprar en las tiendas de los judíos para rematar diciendo que, pese a todo, estas pinturas merecían la pena. Con un guiño cómplice, de artista a artista, le confesó que tenía un secreto para sentirse cómodo al utilizarlas: “¡las mezclo con sangre de judío!”

Leoncia retrocedió asqueada. El hombre se volvió hacia su caballete para tomar de él un botecito con líquido rojo. Antes de que pudiera enseñárselo a Leoncia, ésta le empujó con rabia, y Adolf Hitler cayó y se golpeó la cabeza. Murió. Como pintor y sin arrasar Europa.

Por su parte, Leoncia, que en nuestra realidad hubiera sido aclamada como una heroína, acabó siendo una fugitiva en la suya. Con las manos manchadas de la sangre del pintor, y con la conciencia tranquila.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Gula

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Hace no muchos años, en las más dispares situaciones, alguien contaba una historia con el propósito de hacer reír a sus contertulios. Y según su gracia, estos cuentecillos, estos chistes, se propagaban de boca en boca. Ayer caí en la cuenta de que habían pasado años desde el último chiste que me habían contado.

Hoy, curiosamente un día después, me han contado una retahíla de ellos. Viajaba en bus con la asociación de espeleología y mi compañero de asiento, Klaus, con acento finés, me preguntó si sabía donde colgaba Superman su capa. En su perchero, dijo entre una carcajada. Yo, que apenas retengo los chistes que me cuentan, sólo soy capaz de recordar ese, que fue el primero, y este otro, el último:

− ¿Sabes cómo se llama el animal verde que vive bajo tierra y traga piedras? El tragapiedras verde subterráneo.

Sonreí aliviado al ver que el viaje llegaba a su fin. A unos pocos cientos de metros del estacionamiento se encontraba la entrada de la cueva que íbamos a explorar. En cuanto terminamos de colocarnos todo el aparataje, entramos.  Es una cueva de boca grande, a la que se puede acceder totalmente de pie. Hacia la mitad del ancho pasadizo, hay un agujero y por él hicimos el descenso. Klaus, muy serio, se me acercó y me dijo:

− Si encontráramos una cueva tan profunda que fuera a dar al otro lado del mundo, y tiráramos una piedra, ¿crees que llegaría al otro lado?

No supe responder. Balbucé algo sobre la gravedad…primero le dije que no, luego que sí…y Klaus me cortó: no llegaría. Antes se la comería el tragapiedras verde subterráneo.

Ambos nos reímos y descendimos.

Ya había gente en el pasadizo inferior. Y nosotros estábamos a punto de llegar a él cuando comenzaron los gritos. Los haces de luz de las linternas se entrecruzaban. Klaus y yo, que estábamos al final de la expedición, nos vimos repente a la cola de la huida y de frente al peligro. Una criatura enorme, verde y con aspecto de cocodrilo se dirigía hacia a nosotros. A ritmo de cocodrilo. ¿Es el tragapiedras? Le pregunté a Klaus, que estaba paralizado y con la boca abierta.

Reaccionamos a tiempo y alcanzamos la cuerda que descendía desde el pasillo superior. Nuestros compañeros nos apremiaban con gritos. Mientras trepábamos por la cuerda podíamos ver al tragapiedras dando saltitos, dando mordiscos al aire.

Alguien le lanzó una piedra. El animal la atrapó en el aire y la trituró entre sus enormes mandíbulas. La tragó, eructó y siguió dando saltitos. Más piedras cayeron sobre él y las que no atrapó en el aire, se las zampó en el suelo. Como un perro que se come las migas.

Desde la galería superior lo observamos. El tragapiedras, además de comerse las piedras sueltas, había comenzado a mordisquear la roca. En cuanto lo perdimos de vista se escuchó un sonido continuo de tuneladora que muerde, digiere y comienza el camino ascendente. De repente frenó en seco y pudimos ver al tragapiedras descender rodando desde el túnel que cavaba. Estaba hinchado, muy hinchado. Dio unas cuantas vueltas sobre sí mismo y se echó a dormir.


Salvados por la gula del tragapiedras, nos marchamos. Klaus regresó al bus ensimismado, ligeramente sonriente. Reconozco que yo también sonreía. Y temblaba.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Pereza: Meditabunda Jacinta

Para pecar de lujuria, visita la entrada anterior: Lujuria

Jacinta vive en el bosque, en la frondosa cima de la montaña que una vez subió. Desde la cumbre divisa la cadena montañosa que se rinde a sus pies y el pueblo engarzado en el valle. Desde allá abajo la pueden ver con prismáticos, desnuda y sentada en la posición del loto sobre una roca.

Nadie entiende los motivos de Jacinta para haberse quedado en la montaña. Tampoco se atreven a ir a buscarla, ya que el camino es difícil y se dice que la montaña está encantada. Y a falta de más explicación suponen que esos mismos encantamientos son los que la retienen en lo alto, sentada y desnuda, con calor o frío.


Por encantamiento o no, Jacinta sigue en lo alto. Medita sentada al sol durante el día, y a las estrellas, durante la noche. Las pocas veces que se levanta para caminar es para llegar al lago cercano en el que se baña de vez en cuando.

Jacinta no come y lo poco que bebe es la lluvia que cae. Gracias a una técnica especial de meditación se alimenta de lo que respira y del sol que toma. Pero Jacinta se duerme mientras medita y no metaboliza bien el oxígeno ni la luz de las estrellas. Cada día que pasa, más duerme y peor respira. El lago le parece lejano y ya no acude a él. Al pueblo, apenas lo distingue cuando reúne fuerzas para entreabrir los párpados. Y el cuerpo cada vez le pesa más.

Jacinta, sentada en la posición del loto y desnuda, sólo duerme. Sigue sin comer, ni beber y apenas respira porque se está convirtiendo en piedra. En una bella y perezosa estatua que corona la montaña. 

jueves, 2 de noviembre de 2017

Lujuria: Idelfonso, el centauro

Con este relato pretendo iniciar una serie de 7 relatos. Uno por cada pecado capital. No hay en este relato enseñanza religiosa alguna, por lo que, como se suele decir: "cualquier parecido con la realidad es pura coincidiencia".

Idelfonso es uno más en la multitud. Su condición de centauro, mitad hombre y mitad caballo, sólo se aprecia en un segundo vistazo, pues de cintura para arriba es tan humano como el que más. Viste elegante cuando lo ocasión lo requiere, y cumple las normas sociales.

Su parte equina toma el control cuando hace deporte. Relincha al levantar pesas y salta la red de la pista de tenis si es que así se lo pide el cuerpo. Hay a quien lo desprecia por estos detalles de animalidad. También hay quien lo juzga más humano por estas salidas de tono.

Idelfonso vive en la ciudad, pero los fines de semana se va a su casa de campo. Aprovecha entonces para correr desnudo por la montaña, para liberarse como caballo. Huye de cuanto humano ve, galopa la montaña, bordea los acantilados. Y persigue a las manadas de caballos salvajes, hasta integrarse en el grupo.

No es fácil relacionarse con caballos. En la tierra de los centauros no tenía esa necesidad, pero siendo emigrante en país humano, ha de conformarse con lo que hay: humanos y caballos. Con los humanos puede hablar, pero en sus interacciones con caballos, esa opción no es la que mejor resultado le da. Mejor golpear, relinchar y aparearse en cuanto tiene ocasión. Esto le acarrea coces por parte del cabeza de manada y golpes de los dueños de los caballos. Pero el riesgo merece la pena.

Cuando cae la noche, de vuelta a su establo, se deja caer por los establos vecinos. Con suerte se encuentra una yegua atada, indefensa ante los deseos de Idelfonso. Ambos relinchan, los perros ladran y los dueños se enfurecen. Idelfonso se marcha al galope en cuanto oye pasos humanos. Piensa que este riesgo también merece la pena.

Pero con el tiempo hay yeguas que dan a luz centauros y entre los vecinos reina la preocupación, pues no es lo mismo ser dueño de un potro que de un centauro, que habla y razona como un humano.

Todas las miradas se dirigen hacia Idelfonso y puestos de acuerdo, deciden atrapar al centauro.

Idelfonso, cansado y desfogado, duerme cuando los vecinos entran en su establo. Cuando vuelve en sí ya es tarde. Le han atado las manos y puesto cepos en las patas. Un hierro candente se aproxima a sus cuartos traseros. Idelfonso grita de dolor y, en vano, trata de oponer resistencia. Grita y grita…y el dolor continúa cuando ya han apartado el hierro. La marca indica que no pertenece a nadie en particular, sino a la aldea.


Lo liberan, pero con cepos en las patas y atadas las manos, apenas puede moverse. Ya no puede aparearse, apenas puede comer. Y poco a poco va muriendo. Idelfonso se pregunta qué será de los pequeños centauros. Nunca los ha visto en la manada. Nunca los verá.

viernes, 13 de octubre de 2017

Juego de espías

Hipólito es espía jubilado, profundamente anciano y al borde la muerte. Sabe más secretos de Estado que nadie.  Antiguos y modernos. Algunos se los contaron y otros los vivió. Es capaz de interpretar mensajes que otros ni siquiera saben que existen. De ahí que haya vivido tanto, siempre tan informado y listo para reaccionar o tomar la iniciativa.

Hipólito es consciente de su estado físico. Su rutina hospitalaria lo lleva de la cama al sofá y viceversa. Con alguna visita al baño y algún paseo por su planta. Se encuentra físicamente débil y, sin gustarle el asunto, reconoce que le falla la memoria.

Menos le gusta reconocer que si ahora encuentra solo es porque se alejó de su familia para mantenerlos a salvo. Objetivo cumplido, pero se encuentra solo. Hipólito el espía está viejo, solo y amenazado.

No desconfía de los médicos ni de la medicación que le suministran diariamente, sino de algunas caras nuevas que a veces circulan por los pasillos y se fijan demasiado en él. Hay noticias en la televisión y en los periódicos que le preocupan. El contenido aparente de las mismas es lo de menos, el significado oculto es el que le preocupa. Algún excompañero le advierte que lo buscan con aviesas intenciones. No recuerda quién puede ser el benefactor. Tampoco quién lo querrá matar. Hay tantos candidatos y tantos motivos que no puede completar la lista.

Hipólito tiene preparada una pistola en el armario. Para el paseo de hoy la ha cogido. Con una mano empuja el andador y con la otra sostiene la pistola. Curiosamente, no hay nadie por los pasillos. Trata de recordar qué razón pueden tener para matarlo cuando ya va a morirse. ¿Códigos nucleares, golpes de Estado? Piensa también porqué no hay nadie en la planta. Un chispazo de lucidez asalta su cerebro. ¡Cuarentena! ¡Lo iban a aislar y poner su planta en cuarentena!

Se acerca a la ventana. Imposible de abrir. Mira al exterior. Hay varios vehículos militares. Serán ellos quienes dirigen la cuarentena. La frágil memoria de Hipólito no recuerda qué motivo pueden tener para querer matarlo tan cerca del final. Por el rabillo del ojo ve parpadear la luz del ascensor. Se da la vuelta y apunta. Sabe que no saldrá de esta, pero no se va a dejar matar así como así. La luz del ascensor se para. En su planta. La puerta se abre y muestra a varios militares. Hipólito dispara, sin fijarse en que no van armados, sino con instrumentos de música ni en que las puertas de las habitaciones se abren y le gritan “sorpresa”. Vuelve a disparar. Cae uno de los militares antes de que Hipólito vuelva en sí y deje de disparar.

Los músicos salen del ascensor y empiezan a tocar. El militar caído, se levanta y el canta cumpleaños feliz. Hipólito está incrédulo. Mira su pistola y advierte que es de petardos. ¿Tan mayor estoy?, piensa. La dejar caer. Se sienta en un sofá y llora mientras terminan de cantarle. Es su cumpleaños y los cuerpos de espionaje se han acordado de él. Se siente morir de vergüenza. ¿Querían felicitarlo o matarlo? Se siente morir...con la duda, Hipólito el espía que tanto sabía, se apaga.


domingo, 3 de septiembre de 2017

Ciego

Nació ciego como una noche sin luna ni bombillas. Los colores se le escapaban y las formas, ay, si no las palpaba, era como si no existieran. ¿Y qué decir de la belleza? En su mente era todo menos imagen.
Con todo, Damián tuvo una vida normal, cada vez más autónomo, pero limitado por la falta de vista. Su perro guía, Elmer, un labrador, le ayudaba a la hora de cruzar y le hacía compañía.
Cuando le hablaron de una operación experimental con la que podría ver tuvo sus dudas. Llevaba toda la vida a oscuras y estaba acostumbrado. El riesgo que habría de soportar era alto. La operación implicaba sustituir sus ojos por cámaras conectadas al cerebro y, por supuesto, a internet, para darle un toque smart.
Su familia y Elmer le hicieron dar el paso y aceptar la operación. Tanta ayuda recibía de ellos que venció el miedo para así poder verlos. Ya arreglaría con la administración el asunto de quedarse con el chucho una vez que ya no fuera invidente.
El día de la operación su familia y amigos más cercanos lo acompañaron al hospital. Una nube de periodistas se apelotonaba a la puerta. Le llovían las preguntas desde todos los ángulos, y él con una sonrisa respondía y pedía cautela. No quería anticipar acontecimientos. En cuanto salga, me verán –les respondía− y si todo va bien, les veré yo a ustedes.
La operación tuvo éxito. Cuando por fin le quitaron la venda y la medicación le permitió espabilarse, abrió los ojos y vió. Estaban con él sus padres y Elmer. Enseguida conectó las voces con las personas y se sorprendió al ver su apariencia. En el fondo nada cambiaba, pero en la superficie, mucho. Las sensaciones que antes tenía ahora se apoyaban en un sentido más y todo parecía más real. Había desarrollado el resto de los sentidos hasta un nivel que casi le permitía suplir la falta de visión, pero ahora que también podía ver, se sentía un super humano.
A eso contribuía su visión de realidad aumentada que le permitía combinar la visión normal con información adicional de internet. Al instante se puso al día de los perfiles de las redes sociales de sus padres y del equipo médico. También de las principales características de los labradores, como Elmer, y del origen sudamericano del árbol que distinguía desde la ventana.
Cuando por fin le dieron el alta médica y salió a la calle, otro pelotón de periodistas lo recibió. Fogonazos de flash le explotaban en la cara, los micrófonos le acechaban demasiado cerca, preguntas y más preguntas salían de las bocas de los periodistas...y un mundo de información surtida desde internet que le inundaba los sentidos. Realidad, realidad aumentada, anuncios por doquier. Apabullante realidad.
Regresó al interior del hospital para pedir que le desconectaran la visión de realidad aumentada.
¿Desconectarla? Somos como somos, Damián...rubios o morenos, altos o bajos...tú tienes visión de realidad aumentada y debes aceptarlo.
Con una venda sobre los ojos salió del hospital. Superhumano, aceptándose a sí mismo y voluntariamente ciego, Damián salió del hospital y continuó con su vida.

jueves, 3 de agosto de 2017

El origen de Colón

Estimados Sres. De la Academia de Historia Internacional:

La controversia sobre el origen del Colón es una sombra que sobrevuela constantemente y de vez en cuando aterriza para dar que hablar. Muchos lo consideran italiano –genovés–, español -catalán, gallego– o portugués. Es curioso comprobar que los enigmas más difíciles de aclarar son los que tienen la solución más a la vista, y es que, como se suele decir, en ocasiones los árboles ocultan el bosque. Para arrojar luz y zanjar disputas, me complace aclarar que como su propio nombre indica, Cristobal Colón, nació en Colombia.

No pretendo grandes homenajes por este descubrimiento, ya que siendo algo tan evidente, me sonrojaría igual que si pretendiesen premiarme por afirmar verdades universales como que las cosas caen hacia abajo o que la Tierra es plana.

Volviendo al tema del famoso aventurero, me gustaría aclarar también que Colón, en su calidad de colombiano, tenía claro donde se hallaba su tierra y por tanto no descubrió América, simplemente nació allí. No por esto debemos dejar considerarlo un descubridor, puesto que comandando los barcos Malpelo, Roncador y Serrana desembarcó en Baiona –Galicia– y extendió los dominios colombianos por toda Europa. En su idioma y costumbres está la huella. ¿Por qué algunos pueblos europeos todavía no hablan la lengua de Colón? No son más que restos de cultura precolombina. Es un tema apasionante pero que se aleja de la intención aclaratoria de esta carta.

Espero haber sido de utilidad y que esta carta sirva para actualizar los contenidos de los libros de historia.

A sus pies me pongo, y, como siempre: ¡Viva Colón! ¡Viva Colombia!